
ISBN: 84-675-2148-1
Escritor/a: Santiago García-Clairac
Editorial: SM
Páginas: 601
Precio: 20 €
Primer Capítulo
LIBRO SEXTO
DESOLACIÓN
DESOLACIÓN
La página más oscura de la leyenda de Arturo Adragón, el joven caballero que dirigió al
Ejército Negro y que creó Arquimia, el mayor reino de justicia jamás conocido, se escribió
durante la terrible batalla de Emedia.
Allí ocurrieron dos graves acontecimientos que le partieron el corazón: la muerte de
la princesa Alexia a sus propias manos y la derrota de su ejército.
Un profundo deseo de venganza se instaló en su espíritu; continuamente pensaba en
matar a Demónicus, al que hacía responsable de tanta desgracia y en castigarse a sí mismo,
por haber fallado a sus hombres y por haber matado al gran amor de su vida. Las imágenes
de la feroz batalla, en la que los soldados del Ejército Negro morían bajo las armas
envenenadas de los demoniquianos, devorados por bestias carnívoras y abrasados por el
fuego de feroces dragones, mientras él luchaba contra Alexia, poblaban sus sueños cada
noche y le atormentaban sin descanso.
Desde entonces, Arturo se había convertido en un ser que no conocía la paz; pasaba
muchas horas aislado, intentando ordenar sus ideas y tratando de dominar los sentimientos
de rabia y frustración que le oprimían.
Arturo Adragón se encontraba ahora en la gruta subterránea del monasterio de
Ambrosia, envuelto en un silencio tan profundo que hasta los más mínimos ruidos
producidos por los pliegues de su ropa se amplificaban como un trueno y resonaban hasta
en el último rincón de la cueva.
Acababa de destapar el féretro de la princesa Alexia. Se inclinó sobre el ataúd,
introdujo la caja de madera con el pergamino secreto que Arquimaes le había confiado y la
puso entre las inertes y rígidas manos de la princesa. Sabía que el documento aquí estaría
bien protegido.
Comprobó con satisfacción que su maestro había hecho un buen trabajo de
embalsamamiento y había aplicado sus mejores técnicas para conservar el cuerpo sin vida
de su amada princesa, sobre cuyo rostro pasó los dedos en señal de despedida.
Ajustó la tapa y la apretó con fuerza; los cerrojos de seguridad diseñados por
Arquimaes se cerraron y el ataúd quedó definitivamente sellado. Le tranquilizó saber que
nadie podría volver a abrir el féretro salvo él o su maestro, que eran los únicos que
conocían la forma de hacerlo. Ahora, Alexia y el pergamino con la fórmula de la vida
eterna yacían juntos en una caja fortificada, inexpugnable.
Entonces, se puso en pie, se despojó de su ropa de guerra, quedándose únicamente
con el faldón y dejando su cuerpo tatuado al descubierto. Extendió los brazos hacia los
lados, como si fuesen alas, y susurró una palabra que solo él pudo escuchar: «Adragón».
Lentamente, sus pies se despegaron del suelo y su cuerpo se elevó, ligero como una pluma.
Suspendido en el aire, como si estuviera colgado de un hilo invisible, cerró los ojos
y se adentró en sus recuerdos.
La visión de un guerrero que cabalgaba sobre un dragón, vestido con la armadura
del príncipe Ratala, y que luchaba ferozmente contra él, dispuesto a matarle, se hizo tan real
que sus puños se cerraron involuntariamente para eliminarla.
Su enemigo manejaba la espada con la habilidad de un guerrero experto y le forzaba
a evitar sus mandobles. El filo de su arma le rozó varias veces y, después de asestarle un
peligroso golpe, Arturo aprovechó un descuido de su rival y le clavó la espada alquímica
con tanta furia que lo atravesó por completo y lo mató.
Los rugidos de alegría de los hombres del Ejército Negro le compensaron por los
malos ratos pasados durante ese infernal duelo, a lomos de un dragón, convencido todavía
de que luchaba contra Ratala, quien le había desafiado.
Arturo recordó cómo la muerte de Ratala había mermado las fuerzas de Demónicus.
Todo estaba a favor del Ejército Negro, que recuperó la confianza en sí mismo y se vio con
ánimo para ganar aquella terrible batalla contra el Mago Tenebroso. Pero después algo
había salido mal.
Una vez en el suelo, Arturo Adragón quitó el yelmo de su enemigo muerto y
descubrió con horror que aquel cadáver pertenecía a Alexia y no a Ratala. El mundo se
oscureció y todo dejó de tener sentido para él. ¡Acababa de matar a la persona que amaba!
Lo había hecho con sus propias manos, con la espada alquímica. Un arma mágica a la que
había jurado servir con honor y justicia. ¡Y su primera víctima había sido precisamente
Alexia! Si el mundo se hubiera derrumbado en aquel momento, ni siquiera se habría dado
cuenta.
Rememoró otra vez aquella horrorosa escena y se dejó llevar por los recuerdos.
Intentó nuevamente desviar el curso de los acontecimientos, sin conseguirlo. Aquella
tragedia estaba grabada en la eternidad a sangre y fuego y nadie podía cambiarla. Ahora
solo quedaban los remordimientos, que le corroían las entrañas.
Con el corazón destrozado, Arturo descendió lentamente y se posó sobre la arena.
Se acercó al riachuelo y vio su cabeza reflejada en el agua transparente. Su rostro,
enmarcado con la letra adragoniana, se balanceaba suavemente sobre el espejo cristalino,
dividiendo su rostro en pequeñas ondas que se alejaban.
Esa noche había bajado hasta el río para bañarse en soledad, como hacía cada vez
que la exasperación le atenazaba. La mansa corriente que balanceaba su cuerpo le
proporcionaba un consuelo pasajero y le ayudaba a enfrentarse a sus fantasmas, cada vez
más poderosos. El agua fría era buena compañera para alguien que deseaba desaparecer de
este mundo, reunirse con su amada y acompañar a sus hombres muertos.
De repente, el ritmo de la corriente se alteró y le devolvió a la realidad. Arturo se
preguntó si esa repentina crecida del río se podía deber al deshielo, pero en seguida
descartó esa posibilidad. Alguien estaba cruzando el lecho del río un poco más arriba y, a
juzgar por la fuerza de las olas, se trataba de algo grande.
Entonces se alarmó.
Salió velozmente del agua, se acercó a su caballo, donde se ajustó el calzón y se
puso el faldón de la túnica, y escuchó un relincho contenido, acompañado del paso de
varios caballos. Medio desnudo, agarró su espada y se subió a un frondoso roble.
Gracias a la luz de la luna llena pudo ver como unos cuarenta hombres, envueltos en
capas negras y fuertemente armados se dirigían sigilosamente hacia Ambrosia.
«Demoniquianos», pensó con acierto...
No dudó ni un instante. Saltó del árbol y de una carrera se encaramó a una roca que
cortaba el camino de los invasores.
–¡No deis ni un paso más! –ordenó enérgico cuando los intrusos entraron en el
claro–. ¿Qué buscáis aquí, hombres de Demónicus?
El general Nórtigo escuchó aquella voz con sorpresa. Sus hombres ya habían
aniquilado dos patrullas emedianas de vigilancia y le habían asegurado que el camino
estaba libre, que no encontrarían centinelas en esta parte del bosque.
–¿Cómo te atreves? –preguntó el general–. ¿Quién te envía?
–Responde a mi pregunta –exigió Arturo, señalándole con la espada–. ¿Qué
queréis?
Nórtigo observó la oscura silueta que le cerraba el paso. Pronto se dio cuenta de que
se trataba de un solo hombre y de que no tenía precisamente una complexión fornida. El
asunto se resolvería enviando a un par de sus mejores soldados.
–Súrfalo, Estiquio, quitad de en medio a este estúpido –ordenó.
Dos hombres de aspecto feroz, armados con una maza y un hacha vikinga de doble
filo, se acercaron a él.
Arturo se quedó quieto. Sabía que esos dos guerreros querían acabar con él
rápidamente. Confiaban demasiado en sus habilidades guerreras.
Súrfalo se acercó por la derecha, y Estiquio por la izquierda. Planeaban un ataque
cruzado. Una táctica infalible. Y sonrieron para hacer saber a su víctima que no tenía
escapatoria.
El hacha de Estiquio inició un movimiento ascendente mientras la maza de Súrfalo
formaba un remolino de aire a su alrededor.
La espada de Arturo se movió con tal rapidez que los reflejos plateados de la luna
apenas pudieron mostrar su trayectoria. Cortó el cuello de Súrfalo y rajó el vientre de
Estiquio sin que tuvieran tiempo de gritar. Únicamente la cabeza del primero, que rebotó en
el suelo, hizo un pequeño ruido que estremeció a todos.
–¿Quién eres? –preguntó Nórtigo, al ver cómo sus dos mejores hombres habían sido
vencidos con tal facilidad.
–Me llamo Arturo Adragón. Soy el jefe del Ejército Negro, al que habéis vencido en
las llanuras de Emedia.
Nórtigo sintió un nudo en la garganta. Ahora le reconocía. Le había visto luchar en
el campo de batalla y se había sentido deslumbrado por él.
–Somos muchos contra uno solo –le advirtió el general invasor–. Es mejor que
arrojes la espada. No podrás con nosotros.
–La vida ya no tiene valor para mí –respondió Arturo, masticando las palabras–. Me
haréis un favor si me matáis.
–Será un placer para nosotros –aseguró el jefe de los guerreros.
–No retrocederé ni un solo paso –aseguró Arturo con firmeza mientras blandía la
espada ensangrentada–. Aquí os espero.
Nórtigo no daba crédito a sus oídos. ¡Un solo hombre se atrevía a desafiar a sus más
curtidos guerreros! Hombres elegidos, cuya ferocidad estaba más que probada. Todos
habían participado en la batalla de Emedia y habían vencido a ese extraño Ejército Negro,
que había confiado su victoria a letras de tinta y libros de papel.
–¡Rodeadle y acabad con él! –ordenó Nórtigo, convencido de que sus hombres no le
dejarían escapar con vida–. ¡Matadle!
Cuando los guerreros dieron un paso adelante, dispuestos a cumplir la orden de su
jefe, Arturo alzó los brazos y lanzó un grito:
–¡Adragón! ¡Ven a mí!
Ese grito de guerra heló el corazón del general demoniquiano. Se sintió tentado de
ordenar la retirada, pero contuvo su impulso de cobardía. De repente, el cuerpo de Arturo se
vio envuelto en una extraña nube negra que salió de su pecho. Como si un millón de pájaros
oscuros hubieran acudido a su llamada. El zumbido que acompañaba a esas extrañas formas
hizo detenerse a los guerreros que, sorprendidos, no sabían a qué atenerse.
Arturo alzó la espada hacia las estrellas, y las letras se colocaron como un gran
batallón disciplinado recortado en el cielo, sobre la luna blanca. Un ejército dispuesto a
atacar.
–¡Adragón! –volvió a gritar Arturo, señalando a sus enemigos con su espada
alquímica–. ¡Adragón!
Las letras se lanzaron contra los guerreros demoniquianos. Después de rodearlos por
completo, se infiltraron silenciosamente en sus filas e iniciaron un inesperado ataque que
los soldados fueron incapaces de repeler.
Nórtigo, atónito, escuchó los gritos de sus hombres con impotencia. Esas malditas
letras los estaban aniquilando sin piedad y pronto comprendió que sus guerreros no podrían
con ellas. La batalla estaba perdida. Miró a Arturo, esperando que alguno de los suyos le
dispararse una flecha o una lanza, pero eso no ocurrió. En cambio, vio algo que le
horrorizó: ¡La negra figura de un dragón protegía a Arturo! ¡Era una alucinación diabólica!
Dispuesto a acabar con aquella horrible magia, espoleó a su montura y se lanzó
contra Arturo, blandiendo una espada envenenada. Nórtigo consiguió acercarse, tras sortear
a los heridos y moribundos que se revolvían entre los caballos caídos, incluso saboreó un
momento el triunfo cuando advirtió que el muchacho estaba al alcance de su arma. Pero,
otra vez, las cosas cambiaron de rumbo.
El dragón que protegía a Arturo se abalanzó sobre él y le lanzó por los aires como a
un pelele. Mientras volaba, y como si se tratase de una visión infernal, contempló a sus
hombres rugiendo de dolor, mientras las letras negras los mataban a todos, sin
contemplaciones.
–¡Maldito seas! –exclamó al caer sobre una roca, a los pies de Arturo–. ¡Condenado
Arturo Adragón!
–¡Malditos son los que atacan de noche y a traición! ¡Malditos los que transforman
a los hombres en bestias y atacan a mujeres y niños inocentes! –respondió Arturo,
apuntándole con su espada alquímica–. ¡Malditos los que robáis la vida! ¿A qué habéis
venido esta noche?
–¡No lo sabrás, perro!
–¡Habla o muere! –le increpó Arturo–. ¿Cuáles son vuestras intenciones? ¿Qué
buscáis en Ambrosia?
–¡Moriré antes de revelar el objeto de mi misión! –respondió, clavándose su propio
cuchillo en el corazón–. ¡Por Demónicus!
Antes de morir, Nórtigo pudo ver cómo Arturo enarbolaba su espada señalando al
cielo, y las letras se colocaban de nuevo sobre su cuerpo, igual que una coraza.
La noche recuperó su silencio.
Arturo caminó hasta el borde del río, se lavó, terminó de vestirse, montó su caballo
y se dirigió hacia Ambrosia, donde todos dormían tranquilamente, ajenos a lo que acababa
de suceder. Los centinelas le dejaron cruzar la puerta del recinto fortificado, levantado
alrededor de los restos de la abadía, sin darse cuenta de la excitación que le embargaba.
Acababa de matar a cuarenta demoniquianos y se sentía aliviado. Solo la muerte de
sus enemigos ayudaba a mitigar el dolor por lo que le había hecho a Alexia y por la derrota
de sus hombres.
Pero una pregunta rondaba su mente: ¿Qué buscaban esos demoniquianos?



Increibleeee!!!!!
Aun no he llegado a esta parte del libro(voy por el final del libro quinto), pero me resulta imposible de creer: Alexia muerta!!!!! Imposible!!! TT_TT
En fin, que la historia es una maravilla y que se lo recomiendo a todo el mundo.
Es un libro realmente increible con el que se aprenden cantidad de cosas.
Es estupendo!!
lla me e leido el segundo libro y me a encantado pero ¿cuantas veces van a morir Alexia y Emedi?
yo me sentia identificado con ratala que pena